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e calcula que el dolor crónico afecta al 20% de la población, algo más en mayores de 65

Radiografía del dolor en España

Su hijo sólo tenía ocho meses cuando Mercedes Crespo empezó a tener dolores en la espalda. Durante tres años los médicos le estuvieron diciendo que las molestias eran ciática o lumbalgia hasta que finalmente le diagnosticaron un tumor al final de la columna.

La cirugía permitió limpiar la médula de enfermedad, pero los nervios ya habían quedado afectados y desde entonces sufre dolor crónico, tiene que sondarse en casa porque ha perdido el control de los esfínteres y carece de sensibilidad de cintura para abajo. Su hijo tiene ya 10 años y por el camino Mercedes se divorció, informa "El Mundo".

Ella es una de las más de seis millones de españoles que padece dolor crónico, un problema que hasta 2008 no fue reconocido como una enfermedad en sí misma por la Organización Mundial de la Salud -y no sólo como un síntoma de otras patologías-.

Las estadísticas indican que los pacientes como Mercedes peregrinan durante años de médico en médico hasta ir a parar a una unidad especializada en el tratamiento del dolor (el 12,7% tarda más de 10 años, según el estudio Phandora publicado en 2010). Y como admite la doctora Concepción Pérez, portavoz de la Sociedad Española del Dolor, las carencias formativas de los médicos en torno a este problema no ayuda precisamente. "Los veterinarios tienen más horas de formación en dolor a lo largo de su carrera que los médicos", resume gráficamente esta especialista, participante en la 3ª edición del 'Aula del Dolor' celebrada recientemente en Madrid por el Instituto Mundipharma.

Esa laguna formativa hace que muchos especialistas desconozcan las terapias analgésicas disponibles o tengan miedo a hacer uso de ellas. "Hay estudios que demuestran que el dolor es la causa del 45% de las visitas a Atención Primaria, y en mayores de 65 años puede afectar a más del 50%".

Dolores neurológicos como los de Mercedes (43 años), que pese a sus limitaciones en su vida diaria, a vivir pegada a una sonda y a un neuroestimulador que le permita aliviar sus dolores, se muestra optimista. "Mi calidad de vida es una mierda, la verdad, pero soy optimista y sé que he tenido suerte, porque entré al quirófano y podía haber salido en silla de ruedas o con pañales para toda la vida".

Ansiedad y depresión

Como Mari Carmen Moreno, trabajadora en la biblioteca de un instituto de Madrid de 52 años, con dolores desde que se le rompió el escafoide (un pequeño hueso de la muñeca) por una caída tonta, ambas coinciden en que la unidad del dolor les ha salvado la vida, "no sólo a nivel físico, sino también a nivel emocional", apunta Mercedes. "De hecho, el 44% de los pacientes con dolor padece ansiedad", ratifica la doctora Hernández, jefa a su vez de la Unidad del Dolor el en Hospital de la Princesa de Madrid. Otros estudio subrayan que el 29% sufre depresión, un 22% pierde su empleo y hasta un 12% se separa de su pareja (como fue el caso de Mercedes, divorciada a los pocos meses de que le quitasen el tumor).

Aunque siguió trabajando los cinco meses que llevó la escayola, los dolores de Mari Carmen se fueron agravando hasta que un día, en una nueva visita a Urgencias, fue remitida a la Unidad del Dolor. "Me salvaron la vida, porque ya no podía ni dormir y los dolores eran horrorosos. Yo tenía que ir a Urgencias casi cada mes y mi marido me tenía que atar el brazo con una cuerda en una postura que lograba aliviarme los dolores porque nada me calmaba".

Además de los fármacos (como los parches de lidocaína que no abandonan a Mercedes desde hace años), "otra gran 'pata' del abordaje del dolor crónico son los tratamientos intervencionistas", explica la doctora Pérez. Desde la infiltración o el bloqueo de un nervio, corrientes eléctricas, radiofrecuencias o incluso la inyección de fármacos analgésicos directamente en el líquido cefalorraquídeo. "El problema es que muchas de esas terapias son desconocidas por nuestros compañeros".

Mercedes lleva implantado en la médula un neuroestimulador para el dolor. "Son unos electrodos internos que emiten una serie de vibraciones que me alivian el dolor", explica desde su casa, "yo tengo un mando y según me duela puedo subir o bajar la intensidad de las vibraciones".

Carencias en España

Que sólo haya 180 unidades de dolor en toda España -con distinto grado de complejidad- tampoco ayuda denuncia la doctora Pérez, que destaca que lo ideal sería una unidad por cada hospital (que son 884, según datos de Sanidad correspondientes a 2012). A esa escasez se suma la desigualdad territorial, como admite el doctor Javier de Andrés, presidente del próximo congreso del dolor que se celebrará en Toledo del 22 al 24 de mayo. "Hay regiones que están peor dotadas que otras, porque el dolor está un poco dejado de lado por las administraciones. Extremadura, por ejemplo, es la comunidad autónoma peor dotada, aunque otras provincias de otras comunidades sólo tienen unidades de tipo 1 [las menos especializadas]", explica.

Los dolores de espalda, el llamado dolor neuropático (como las neuralgias que siguen a una infección por herpes o la llamada neuralgia del trigémino) y el dolor oncológico son las tres principales causas de visita a las unidades del dolor. "Yo les digo a mis médicos que les llevaría conmigo", señala optimista Mari Carmen, que pese a la mejora de su brazo ha visto muy mermada su calidad de vida. "No puedo ni hacer la cama pero intento estar siempre con una sonrisa, porque como le digo a mi hijo, el que está enfrente no tiene la culpa de lo que me pasa".

"La unidad del dolor me va haciendo más llevadero el día a día", confiesa Mercedes. "Tengo un hijo de 10 años y toda mi rutina gira en torno a él, después de llevarle al cole vuelvo a casa, porque éste es mi territorio y aquí me siento más cómoda por si me tengo que sondar". Su doctora planea ahora implantarle un neuroestimulador que le ayude a controlar sus esfínteres. Otro pequeño paso para mejorar un poco más su calidad de vida.