Está usted en: Cooperación Internacional -> Latinoamérica

Argentina

Un golpe con secuelas 'invisibles'

R. (que prefiere mantener su nombre en reserva) lo recuerda con toda precisión. El 1° de noviembre de 1997, mientras su hijo iba de acompañante, el auto en el que viajaba tuvo una violenta colisión que lo dejó 16 días en coma. Cuando recuperó la conciencia, era otra persona. "Lo más complicado es que desde afuera no se nota -explica R., que en todo este tiempo buscó ayuda médica con algunos de los especialistas más reconocidos, como Susan Greenfield, de la Royal Academy, o Jordan Grafman, de la Universiad de Pensilvania-. Al principio, tenía fallas de memoria, pero después empezamos a notar otro tipo de trastornos emocionales y conductas levemente inapropiadas (como pellizcar a una mujer en una reunión o besar a las cajeras de un supermercado). Hoy tiene 33 años y no presenta ninguna secuela motriz, pero desde entonces no pudo volver a trabajar. Es de lo más gentil y considerado, pero tiende a las conductas adictivas. Es muy rápido con los números y tiene una facilidad especial para la música, pero carece de motivación."
El hijo de R. es sólo uno de las decemas de miles de argentinos que todos los años sufren un trauma encefalocraneano (TEC). Según el Instituto de Seguridad Vial, sólo por traumatismos de cráneo producidos por colisiones entre vehículos fallecen entre 7000 y 10.000 personas anuales. Pero lo que pocos saben es que por cada uno de ellos, tres quedan con una discapacidad permanente y 75 con discapacidad transitoria, 500 se lesionan y 120 deben internarse por lo menos un día.
"Aunque no tenemos cifras precisas -explica el doctor Fernando Cáceres, director general y jefe de Rehabilitación del Instituto de Neurología de Buenos Aires (Ineba)- esto quiere decir que podrían producirse hasta 30.000 discapacidades permanentes anuales y 75.000 discapacidades transitorias. Me atrevería a pensar que estos números aluden a problemas motores y, sin embargo, cuando pasa el período agudo, muchos de estos pacientes presentan secuelas «no visibles» del traumatismo: problemas cognitivos o conductuales, como pérdida del lenguaje, imposibilidad de concentrarse, de planificar una secuencia de acciones [por ejemplo, ir a un cajero automático] o de prestar atención a varios estímulos simultáneos."
Según Cáceres, el TEC es la tercera causa de mortalidad en la población occidental y la primera en personas de menos de 45 años. Es más: su impacto económico podría superar el de las enfermedades cardiovasculares y oncológicas.
"Este tipo de discapacidad «invisible» es uno de los principales determinantes de la rehabilitación neurológica -agrega el doctor Gustavo Petracca, director médico del mismo Instituto- y los que generan una mayor sobrecarga familiar."
"Esto es mucho más grave de lo que la gente cree", asegura R.
Según afirman Petracca y Cáceres, la aparición de este tipo de secuelas se debe a que en los choques las principales áreas cerebrales afectadas son las basales, "que son las que están contiguas a la parte ósea de la calota craneana. También influyen las fuerzas de golpe y contragolpe que hacen que el cerebro rebote y se dañen los circuitos vinculados con los mecanismos inhibitorios y con la regulación de la conducta".
"El 50% de los pacientes desarrollan depresión más allá del primer año después del choque -detalla Petracca-; el 30% presenta apatía... Otros pueden mostrar anosognosia [falta de conciencia de la propia enfermedad], neglect [falta de reconocimiento de la mitad del espacio]..."
Todo esto exige que la rehabilitación no sólo incluya neurólogos, sino también psiquiatras, neuropsicólogos y enfermeros especializados. "La rehabilitación es un proceso de aprendizaje -sintetiza Cáceres-. Y si uno tiene alterada la memoria, la atención, la concentración o está deprimido, no va a poder aprender."
Para mejorar la atención de lo que ya se considera una verdadera epidemia, la Fundación Ineba acaba de firmar un acuerdo con el Ministerio de Salud de la Nación por medio del cual intentará disminuir la asimetría de tratamiento entre las diversas regiones del país y establecer un registro nacional de trauma.
"Queremos desarrollar una red, unificar criterios y establecer normas de tratamiento para la etapa aguda, para la hospitalaria y para el manejo de las secuelas -cuenta Cáceres, que dirige este programa-, para que todos hablemos el mismo idioma y trabajemos en la misma dirección. También haremos monitoreo porque, si las cosas se hacen bien, los números tienen que bajar. No es necesario realizar una gran inversión, sino más bien reordenar recursos, capacitar."
Por suerte, la medicina tiene armas para hacer frente a este flagelo. El doctor Horacio Pereyra, nefrólogo y diabetólogo de la Clínica del Sol y de La Trinidad, de San Isidro, puede atestiguarlo: su hija Rocío, de 33 años se accidentó hace unos meses mientras esquiaba en San Martín de los Andes. "Tuvo un hematoma subdural subagudo, que son los peores -cuenta Pereyra-. Estuvo un mes en coma, tuvo insuficiencia renal y fue operada varias veces. Pero hoy [gracias a la rehabilitación] camina, habla, entiende perfectamente todo. Agradezco a la vida por el esfuerzo de toda esta gente."