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Colombia

Luis Alberto, el jinete de una sola pierna

Ingresó a la Federación Ecuestre y busca representar al país en el exterior. Un ejemplo de superación frente a este flagelo. -Hola, mi niño lindo, ¿cómo le va? Luis Alberto Lozano saluda a 'Poseidón, susurrándole en la oreja izquierda. Le acaricia el pelo café brillante y se sujeta con las dos manos a la silla; su instructor le ayuda, empujándolo de la cintura, y, tras un solo impulso, queda sentado en el caballo. Minutos antes, Luis Alberto, de 28 años, se había quitado la sudadera de la Liga de Discapacidad del Ejército para ponerse su elegante uniforme de jinete; también se retiró la prótesis de su pierna derecha, dejándola en un baño con el zapato puesto. Dando brincos cortos llega hasta donde 'Poseidón', el caballo inglés con el que se entrena desde hace seis meses. Ya montado, se acomoda el muñón de lo que alguna vez fue su pierna derecha y lo descarga sobre un costado del animal. Sin pensarlo dos veces, se acurruca sobre la silla y empieza a levantarse hasta quedar totalmente erguido, con los brazos abiertos: se ve como un crucifijo humano. Pararse en un caballo con su única pierna es ya una hazaña vieja para este ex soldado de la patria, oriundo de Chaparral (Tolima). Lo aprendió cuando empezó a hacer equinoterapia con la Fundación Corpoalegría, para adquirir movilidad y confianza después de haber perdido la extremidad. Hasta ahora, la más grande de sus tantas proezas es haber sido aceptado por la Federación Ecuestre como el primer colombiano que ingresa a esa institución en la categoría paraecuestre, es decir, el primer discapacitado que empezará a participar, dentro y fuera del país, en torneos ecuestres como deportista de alta competencia. Fue aceptado el pasado domingo en Bogotá en una rigurosa prueba en la que tuvo que seguir, con pulcritud, uno a uno los 12 pasos de la rutina básica de esta disciplina.   Obtuvo un puntaje de 64 sobre 100 y ahora, dichoso, piensa seguir entrenando para lograr un cupo en los Juegos Olímpicos de Brasil 2016. Ya es hora de que este hombre empiece a ser feliz. Un campesino en el Ejército La historia de Luis Alberto se podría resumir así: hijo de humildes campesinos, creció en un hogar lleno de privaciones y solo pudo estudiar hasta tercero de primaria; desde pequeño empezó a ayudar a su padre en los oficios del campo y, cuando cumplió la mayoría de edad, quiso conseguir trabajo pero no lo logró: además de no tener educación ni experiencia laboral, le faltaba algo fundamental para cualquier varón en Colombia: la libreta militar. "Yo soñaba con ser futbolista, no quería entrar al Ejército", cuenta al reconocer que vestirse de camuflado, con un fusil terciado en la espalda fue su única salida. Después de obtener el anhelado documento, viajó a Bogotá y el único trabajo que le dieron fue de vigilante, a cambio de un salario mínimo. Entonces, en el 2006 y con 24 años, volvió al Ejército como soldado profesional. "El único requisito era tener el cuerpo completo" evoca, con un poco de ironía. Lo mandaron al Batallón 40 de Arauca. Recuerda que su padre le insistió en que volviera al campo, como si sintiera un mal pálpito. El 2 de abril del 2008, a las 5 de la mañana, la tropa partió en fila india tras el rastro del frente de las Farc que operaba en la región. Luis Alberto era el séptimo. Sus seis compañeros cruzaron una cerca y, cuando él fue a pasar, sintió un golpe seco que lo elevó varios metros.   Hora del accidente: 7:30 a.m. "No hubo explosión, solo sentí el golpe y escuché un silbido, como cuando uno le pega a algo metálico". Cayó en el mismo lugar, pensando en que alguno de sus compañeros había activado una mina. Uno de ellos se le acercó y lo miró, haciéndole un gesto de pesar con el rostro. "Lo primero que dije fue: me tiré mi carrera". El mundo se le vino encima cuando vio su pierna derecha doblada, literalmente, sobre la izquierda. Aún no percibía el dolor. Sentía la pierna con los huesos molidos, como un pesado bulto de harina. Una hora más tarde, fue rescatado en un helicóptero, que lo llevó hasta la población de Arauca (Arauca), donde le cercenaron la pierna derecha, seis dedos arriba de la rodilla. Se despertó en el Hospital Militar a las 3:00 de la tarde, en Bogotá, y su pierna derecha ya no estaba. Lo que vino de ahí en adelante fue el tratamiento de rehabilitación física y psicológica, y las diligencias para que le dieran la indemnización y la pensión. "Fue muy duro saber que ya no tenía una pierna, pero comprendí que al menos podía recuperarla con una prótesis; pude haber muerto", dice Luis Alberto, un hombre bajito, de manos fuertes y rugosas por tanto batallar en el campo y en la guerra colombiana. En el 2009 ingresó al equipo de voleibol, sentado con un grupo de discapacitados del Ejército con el que, en noviembre próximo, participará en un torneo internacional en México. Pero su mayor sueño es convertirse en un gran jinete, ya que entró a las grandes ligas del deporte ecuestre en Colombia. "Hay que tener mucha concentración y disciplina; sostener el equilibrio y seguir las rutinas con precisión. Con mi discapacidad no es fácil", cuenta Luis Carlos, a quien le sorprende que muchas personas, con su cuerpo completo, digan que no podrían hacer lo que él sí puede. 'La discapacidad no existe' "La discapacidad, en mi caso, no existe. Yo monto en bicicleta, juego voleibol y soy jinete paraecuestre". La indemnización que recibió apenas le alcanzó para comprarles una casa a sus papás, en Chaparral, donde también viven sus dos hermanos: ellos ingresaron al Ejército siguiéndole los pasos, pero se retiraron después del accidente. Uno es jornalero, y el otro, maestro de alcantarillado. Y con los 710 mil pesos que recibe cada mes, de pensión, confiesa que a duras penas puede pagar el arriendo, la comida y los transportes. Aunque se declara orgulloso del Ejército y del apoyo que ha recibido, le hace una seria reflexión al Estado colombiano: "No estoy de acuerdo con el Gobierno, que les da una millonada a los guerrilleros que se desmovilizan. Ellos salen, con su cuerpo completo, y los premian por haber matado a muchos inocentes", opina Luis Alberto, ahora con el rostro adusto, y cuenta que, a militares como a él, les dan pensiones por una cuantía baja -como la suya-, los indemnizan y los mandan a defenderse como puedan. Y ya. Luis Alberto no se alegra por su condición, pero tampoco reniega. "Después del accidente me han llegado muchas cosas buenas, además de lo que está por venir", dice al imaginarse los viajes en los que representará a Colombia como deportista. Sin embargo, hay algo que no lo deja tranquilo: pensar que en el campo colombiano los humildes labriegos, con sus hijos, se exponen a diario a caer en una mina. "No entiendo por qué la guerrilla, que dice defender al pueblo, sigue sembrando tanto terror", dice al afirmar que los militares tienen muchas ayudas cuando terminan en este infortunio. "La gente del campo que cae en minas sufre mucho para recibir los tratamientos o las prótesis", dice. Luis Alberto validó la primaria y el bachillerato, y espera entrar a estudiar contaduría o comunicación social. Y también quiere una familia y unos hijos, aunque por ahora esté soltero. Hace dos meses terminó una relación de dos años con una mujer que, según él, se fue sin darle explicaciones; cree que se cansó de tener un novio con una discapacidad. Además de sus planes como deportista, está dispuesto a recorrer el país -si es preciso-, contando su historia de fe y superación ante aquellos que se sienten en desventura. "Creo que Dios nos tiene la vida escrita. Si ahora soy deportista y hago lo que hago, el accidente me tenía que suceder para que yo fuera testimonio".