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México

Esperanza, sola y en el olvido

Con 48 años de edad, una discapacidad visual severa y serios problemas de salud por efecto de padecer hipertensión arterial, diabetes y una incontinencia urinaria que la obliga a usar pañal para adultos, doña Esperanza Juárez Ontiveros representa uno de los tantos casos de ciudadanos discapacitados que en esta frontera enfrentan a diario todo tipo de problemas para sobrellevar su situación.      Habitante de un jacal construido a base de paletas, tablones de madera y pedacería de fibracel, y edificado al pie de un cerro en la colonia Ladrillera de Juárez –en una de las zonas marginales del poniente– doña Esperanza vive sola mientras pasa sus días en busca del sustento y de los apoyos que le permitan sobrellevar su discapacidad y su precaria condición económica.
    Pese a su problema visual caracterizado por desprendimiento total de retina en su ojo derecho y por una disminución severa en la visión de su ojo izquierdo, su situación la obliga no obstante a salir y enfrentar a diario los riesgos de vivir en una zona agreste del poniente, y a sortear con su bastón las calles de una ciudad carente de una cultura amable hacia los discapacitados.
   Ha sufrido caídas, ha estado a punto de ser atropellada y ha sido objeto de burlas y de actos hostiles en su contra por parte de ciudadanos inconscientes, incluyendo a funcionarios públicos que pese a su condición la han obligado a acudir repetidamente a diversas instancias oficiales con la promesa de apoyos que no le llegan, o para los que al final de cuentas –pese a lo prometido– no califica.
   Son las 11:20 de la mañana.
Acompañada sólo de dos perros y un gato a los que quiere como a los hijos que no pudo tener, doña Esperanza, mejor conocida como María por sus vecinos, recibe en su humilde vivienda al fotógrafo y al reportero de NORTE que de inmediato toman nota de las condiciones que imperan en lo que ella llama su jacal, integrado por un solo cuarto construido en lo alto de una loma de difícil acceso, en un área de edificación de aproximadamente cuatro por cinco metros.
   En ese espacio se ubican simultáneamente la recámara, la cocina, la sala y cuarto de estar, en un amontonamiento que no obstante guarda cierto orden.
   Hay numerosos huecos en las paredes de madera, que han sido sistemáticamente cubiertos con trozos de cartón, papel o tela. El más grande de los huecos era una ventana que tuvo que clausurar tiempo atrás para evitar la incursión de ladrones, por lo cual el lugar carece de ventilación y hace que a esa hora de la mañana, todavía sin los embates del verano, ya se empiece a sentir caluroso.
   "Me quemé este ojo con aceite de cocina una vez que no tenía con qué aluzarme para cocinar y el otro me lo operaron de una catarata, pero ya veo muy poquito; ¿baño? no tengo, tengo que hacer en botes, y luego tengo que subir a la orilla del cerro a tirarlo", expresa con seriedad, mientras trata de ubicar el rostro de su interlocutor con la escasa visión de su ojo bueno.
   Dice que quiere trabajar, pero nadie se anima a emplearla por su condición, por lo cual vive de lo que puede obtener en sus recorridos diarios por la ciudad, así como por el pequeño apoyo económico de su ex pareja sentimental de entre 150 y 200 pesos a la semana y el otro por una despensa que recibe cada mes por parte del DIF.
   Sigue esperando la visita de la gente de la oficina de Desarrollo Social que desde el mes de enero le prometió apoyos para resguardar mejor su propiedad, apoyo que a la fecha no ha llegado.