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Paco Vañó, diputado y autor de "Perdonen que no me levante"

"El enfoque paternalista hacia la discapacidad ha quedado atrás"

“Perdonen que no me levante”. Si esta frase, atribuida erróneamente al epitafio de Groucho Marx, la pronuncia un parlamentario a bordo de una silla de ruedas en el noble Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de los Diputados, sin duda el interlocutor quedará perplejo durante unos segundos.

En el programa electoral de Francisco Vañó, Paco para la “legión de amigos” de la que hace gala, el sentido del humor es una premisa irrenunciable. Con la novena Legislatura finiquitada, Paco Vañó presentó en la Carrera de San Jerónimo su primer libro, “Perdonen que no me levanten”.

La contraportada de su “manual de supervivencia”, de este ramillete de experiencias vitales ante la discapacidad, recoge un semblante atinado, preciso y certero de nuestro protagonista.

Paco Vañó es el primer parapléjico en la historia de la democracia española que ocupa un escaño en el Congreso de lo Diputados. Aparte de eso –que ya es-, y de ser aficionado a la guitarra, ha desempeñado diferentes cargos directivos en entidades del movimiento asociativo de la discapacidad.

Ha conocido el fracaso y la gloria: madruga, trasnocha, tiene amigos y un quintal de sentido del humor; está casado, enamorado, es padre, hijo, le gusta la música, el cine; en definitiva, Paco es una persona como cualquier otra, pero, quizá, más sentada.

Cartel de lujo en la presentación del libro “Perdonen que no me levante” Apadrinado por Soraya Sáenz de Santamaría y Alfonso Ussía. La plaza, a reventar de un público entregado.

Fue un acto muy emotivo. Mi familia, una de las mejores colecciones de amigos del mundo, compañeros de partido y aliados en la defensa de los derechos de las personas con discapacidad me arroparon en la presentación de un modesto manual de experiencias personales vividas a bordo de una silla de ruedas durante cuarenta años.

Asegura que más que un libro, es un manual cargado de buen humor, repleto de anécdotas relacionadas con el mundo de la discapacidad y de consejos para afrontar momentos difíciles.

Decir que he escrito un libro me venía grande y tampoco considero que sea un folleto. Por eso me gusta hablar de un manual práctico, una guía de cabecera cargada de sentido del humor.

La pretensión no es otra que intentar desmitificar tantos prejuicios y estereotipos que aún persisten en torno a la discapacidad. Erróneamente, tendemos a asociar la discapacidad con enfermedad, sufrimiento, penuria… Pretendo demostrar, casi en tono de comedia, que la percepción social de la discapacidad está en muchas ocasiones distorsionada.

Un amigo común, también parapléjico e igualmente bendecido por el sentido del humor, asegura que “hay vida en la silla de ruedas, incluso vida inteligente”.

Uno se acostumbra a ver la vida desde 40 centímetros menos de altura, pero sin olvidar que es la misma realidad para todos, estemos sentados o de pie. Es cierto que se han derribado muchas barreras, sobre todo mentales, que son las más difíciles de erradicar.

El camino a seguir es la plena normalización social. Las personas con discapacidad forman parte de una sociedad plural, de una diversidad social que debe fomentarse desde todos los ámbitos, como la política, la educación, la inclusión laboral, el turismo, el ocio y la cultura.

Hay periodistas, actores, ingenieros, profesores, dependientes y un sin fin más de profesionales con discapacidad. De algún modo, discapacitados somos todos, porque nadie vale para todo y todos valen para algo.

Su llegada al Congreso de los Diputados en 2004 sirvió para romper muchas barreras mentales. Más de un diputado retorcía literalmente el cuello para mirarle.

Afortunadamente, la discapacidad ya está normalizada en la Carrera de San Jerónimo. A mi llegada al Congreso, más de un diputado me miraba de reojo, sorprendido de ver a una persona en silla de ruedas en el hemiciclo. Ahora, ya no hablan con mi silla de ruedas, hablan conmigo.

Además, no soy la única persona con una discapacidad “visible” en el Congreso de los Diputados. También hay magníficos periodistas y otros asesores que desarrollan su labor con profesionalidad y total normalidad.

“Pacto de sangre con la discapacidad”. Una frase que ha hecho suya y que supone una forma de vida, un compromiso real. Muchos le ven como el diputado de los discapacitados.

No son pocos los diputados de todo el arco parlamentario, incluidos algunos compañeros de escaño del Partido Popular, que me ven como el paladín de la discapacidad en el Congreso de los Diputados. Es evidente que defenderé todas aquellas propuestas e iniciativas para mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad, independientemente del grupo parlamentario que las proponga.

Afortunadamente, creo que España tiene una legislación en materia de discapacidad de las más avanzadas de Europa. Y no es cuestión de sensibilidades de partidos o políticos, sino de la defensa legal de los derechos irrenunciables de las personas con discapacidad. Atrás queda el enfoque paternalista hacia los discapacitados. Hablamos de derechos humanos, como recoge la Convención de Naciones Unidas sobre Discapacidad.

Ese compromiso con la discapacidad lo ha cultivado durante décadas, colaborando con el movimiento asociativo y desde distintas responsabilidades políticas.

Entre bromas, digo que ‘ser diputado se cura, ser parapléjico no’. La política no puede ser ajena a las necesidades e inquietudes de casi cuatro millones de personas con discapacidad en España. Debemos ir de la mano, como aliados, para lograr la igualdad de derechos y la plena ciudadanía de este gran sector.

En esa tarea debemos colaborar todos, desde la asociación de discapacitados más humilde hasta el último concejal del pueblo más pequeño. España tiene un tejido asociativo envidiable, unido y comprometido. La labor de vigilancia, interlocución y defensa que realiza el CERMI es un modelo exportable a cualquier país avanzado.

Cuarenta años de lesión medular debido a un accidente. Aún hoy, Paco Vañó recorre el hospital de Parapléjicos de Toledo, repartiendo ánimo y con un consejo primordial: “quitarse la silla de ruedas de la cabeza y dejarla sólo en el culo”.

Cualquier persona que presenta una lesión medular y se ve en una silla de ruedas de forma inesperada tiene que pasar un periodo de luto, de adaptación, de toma de conciencia de su situación. Es un periodo duro, pero se supera y la vida sigue. El sentido del humor ayuda a ver la luz, a recuperar la esperanza y las ganas de vivir. Es una lección que se aprende con el tiempo, pero que conviene recordar a quienes se enfrentan a una situación difícil.

Trabajé en el Hospital de Nacional de Parapléjicos y es una de las experiencias personales más gratificantes. Cuando me quedé parapléjico, decían que la esperanza de vida tras la lesión era de unos diez años. He cumplido 40 años como lesionado medular y espero cumplir muchos más. Y, efectivamente, siempre digo que para ser feliz la silla debe ir en el culo, nunca en la cabeza.

Todo el dinero recaudado con este libro irá destinado a la Fundación del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo.

Cuando me accidenté, en 1971, aún no existía el hospital, que se creó tres años después. Nadie duda de que este centro es un referente nacional e internacional en la atención a las personas con lesión medular.

Además, ha creado una fundación desde la que promueve la investigación y la mejora de la calidad de vida de las personas con discapacidad. Si este libro genera algún tipo de beneficio, no se me ocurre mejor destino que la Fundación del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo.