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Decenas de civiles quedarán discapacitados por las balas de los francotiradores en Trípoli

Parapléjicos de Gadafi

Mohamed tiene 10 años y, desde hace unas horas, una bala alojada en la espalda, a la altura de los omoplatos, disparada por un francotirador de Muamar Gadafi. Está despierto, plenamente consciente y, temiéndose lo peor, intenta alargar la mano cuando la doctora Saara muestra a los periodistas las radiografías de su columna vertebral. «Todo está bien; todo está bien», le replica la médica, en un vano intento de tranquilizarle.

Pero la tremenda realidad es que el pronóstico médico de Mohamed difiere radicalmente de lo que lo que los doctores del Hospital Central de Trípoli se han atrevido a explicarle en estas primeras horas tras ser herido, según un reportaje publicado por "El Periódico".

«No podrá mover parte de su cuerpo; todavía no le hemos explicado la gravedad de su caso, ni a él ni a su madre, ni siquiera hemos podido aún operarle para extraer la bala por falta de equipos», justifica la médica. Sentada en la cabecera de la cama hospitalaria, la progenitora de Mohamed permanece en silencio y en calma aparente, quizás ajena a la vida como discapacitado que espera a su hijo cuando sea dado de alta, quizás intentando infundirle algo de esperanza, guardándose el dolor para sí, quizás aún en estado de choque.

Disparo en el cráneo

El Hospital Central ha recibido, solo en tres días de combates, más de 300 muertos. Un buen número de los heridos ingresados aquí son civiles con impactos de bala por disparos de tiradores de élite leales al depuesto líder libio, que desde el lunes, al día siguiente de la irrupción de las fuerzas revolucionarias en la capital libia, aterrorizan a sus habitantes. Entre los hopitalizados hay niños, mujeres, varones e incluso doctores que solo intentaban ayudar a los heridos.

Peor pronóstico incluso que Mohamed tiene Mohamed Alí, de 13 años, intubado y recostado sobre el lado izquierdo de su cuerpo en una cama de la unidad de cuidados intensivos. En su caso, la bala certera penetró en el cráneo mientras miraba la televisión, exactamente por la sien izquierda, provocándole de inmediato una grave pérdida de la masa encefálica.

Mohamed Alí está inconsciente, con la herida cubierta por una simple gasa, y permanece por completo ajeno a lo que le ha sucedido, pese a que mantiene los ojos en blanco, casi como si estuvieran entreabiertos. De vez en cuando, su cuerpo realiza movimientos espasmódicos y hasta gesticula con la boca.

Junto a él, Alaa Selim, de 10 años, también herida en la cabeza, padece parálisis parcial y presenta daños cerebrales, pero los doctores han extraído la bala mediante una precisa operación y, a fin de cuentas, vivirá. «Nunca había visto heridas como estas, solo en las películas», admite el profesor Mohamed Abú Bakr, al frente de la unidad hospitalaria.

Últimos coletazos

En estos últimos coletazos de una dictadura de cuatro décadas sin escrúpulos y caracterizada por su crueldad, no han querido ni siquiera respetar al personal médico que intentaba ayudar a los heridos que provocaban sus mismos disparos certeros. El doctor Mohamed Khere Hmad, de 26 años, también recibió un balazo en el cráneo, justo en el momento en que trasladaba a un paciente de un dispensario local al Hospital Central. «Le hirieron aquí mismo, a la puerta de este hospital», recuerda un doctor.

En estos días del combate final, la entrada del Hospital Central de Trípoli hace rememorar a un hospital de campaña situado no lejos de una línea de frente de guerra. En las columnas del portal, los doctores han colgado los nombres de los muertos que hasta el momento han sido identificados. Camillas, colchones, suelos y hasta cortinas están cubiertos de churretes de sangre reseca y ennegrecida.

En un esquina, sin querer ocultarse a la vista de nadie, el personal hospitalario se afana, estropajo y jabón en mano, en eliminar los regueros de sangre.

El centro hospitalario está tan desbordado que algunas viviendas particulares próximas se han transformado en unidades de urgencia para acoger a los heridos. «En una de las casas en las que entré, los pacientes estaban tirados en el suelo o tumbados sobre las mesas de la vivienda, que había sido transformada en ambulatorio improvisado», relató Jonathan Whittall, coordinador de los servicios de urgencia de Médicos sin Fronteras en Trípoli. Cuando no hay médicos, los pacientes menos graves se hacen cargo, como pueden, de los peor malparados.