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El pianista recuerda su dura infancia, su lucha contra la polio

Bruno Gelber: “Tocar el piano es como un acto de amor”

Son las 12 pm, la orquesta se desinfla como un bandoneón gigante después del ensayo, hay un ambiente de solemnidad casi tangible, no se sabe si producido por la música de Rachmaninoff o por la honda presencia del “genio”. A Bruno Gelber se le nota que es un amante del refinamiento, que es un hombre minucioso y encantador. Lleva consigo el glamour como un perfume.

Gelber nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de marzo de 1941. Ha sido alumno de dos grandes eminencias del piano. Primero, desde los seis años y durante más de una década, fue discípulo de Vincenzo Scaramuzza, quien también enseñó, entre otros, a Marta Argerich y al padre de Daniel Baremboin.

Luego, ya con 19 años, fue becado por el gobierno francés para ir a París a continuar sus estudios. Allí fue discípulo de la famosa pedagoga Marguerite Long, quien dijo a Gelber que sería su último alumno y el mejor.

Su vida está marcada por dos grandes desafíos que se le interpusieron en el camino: el primero fue el de convencer a sus padres de que lo dejaran ser músico (ellos no querían que siguiera la inestable carrera).

El segundo obstáculo fue la poliomielitis, que lo afectó a los siete años y que lo mantuvo en cama durante un año. Pero no claudicó, persistió y ganó su guerra contra la enfermedad. Hay que destacar la valiosa ayuda de sus padres, que idearon ingeniosos mecanismos para acercar el piano a su cama y para que el pequeño no dejara de practicar.

-¿Cómo experimenta usted el acto de tocar el piano?

-Bueno, como un acto de amor. Un acto de total entrega y de fundirse con este instrumento, para hacerlo vibrar tanto como uno vibra.

-¿Qué sensación tiene usted cuando interpreta el famoso Concierto Nº 3 de Rachmaninoff?

-Embelesado de tanto amor, de tanto romanticismo, de tanta calidez. Es uno de los conciertos más ricos en amor que existen. Es para hundirse en aguas profundas de la felicidad. Los rusos y los españoles son los que más difícil escribieron para piano. Es uno de los conciertos más difíciles que hay; tocamos catorce mil seiscientas y pico de notas en treinta y cinco minutos (no las conté yo, las contó Ashkenazy).

-Saliendo un poco de la música: ¿ha habido un piano en su vida, uno en particular que usted ame más que a los otros?

-Todos. Yo estoy casado con este señor de cola negra y dientes blancos -Gelber golpea tiernamente el Steinway, se ríe socarronamente- y cada uno es distinto, hay que adaptarse, hay que hacerse amigo; cada uno tiene un alma distinta. ¿Mi preferido? Este piano del teatro Independencia. Sí. Es el mejor piano que hay en la Argentina actualmente.

-Su lucha temprana contra la poliomielitis ¿fue una situación que le sirvió de estímulo para enfrentar su carrera?

-No, un estímulo no. Pero me resultó para darme una concentración mayor de la que hubiera tenido si hubiera tenido dos piernas iguales, es decir, dos buenas piernas. También tuve la suerte de no haber nacido en estos tiempos, con tantas dispersiones que hay.

Yo no hubiera estudiado lo mismo si hubiera tenido doscientos canales a color, las computadoras, los jueguitos informáticos y todo eso... Hay mucha dispersión. Yo admiro a la gente que hace cosas hoy, porque con las posibilidades de dispersión que hay actualmente, el que se concentra en algo es porque realmente tiene gran amor por lo que hace.

-El público mendocino tiene fama de ser muy crítico, ¿coincide?

-Lo que realmente me da terror es salir a tocar al Colón. A mí me encanta el público mendocino y me ha demostrado gran amor a lo largo de muchísimos años.

-Cuando no está tocando el piano ¿qué es lo que más le apasiona hacer?

-Me encanta ver la gente que quiero. Tengo un gran culto de la amistad y necesito mucho el contacto con mis amigos. Eso es lo que más me importa.

-¿Cómo se lleva usted con la soledad?

-Es el plato más difícil que aprendí a sobrellevar. A la soledad la aprendí a la fuerza. No me es natural.

-¿Qué le gustaría dejarle al pueblo mendocino esta noche?

-Toda mi alma y toda mi pasión y todo mi romanticismo, a través de esta partitura que es una de las más vivas representantes de todo eso.

Ése es Bruno Gelber, un hombre extraordinario pero simple; un hombre de respuestas concisas pero profundas; un hombre afable pero de carácter fuerte. Un verdadero talento, una gran porción del orgullo de nuestro país.