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La policía disparó por error y quedó parapléjico

El piloto cántabro tiroteado en Brasil sigue esperando justicia

Daría lo que fuera por volver atrás, por vivir para trabajar y preocuparse por pagar su hipoteca. «Por volar, esquiar e ir en moto», daría lo que fuera. Ahora está en otra onda, en la que le ha dejado el balazo que tiene incrustado en la columna vertebral. Marcelino Ruiz Campelo (Escalante, 1970) es un piloto de avión encerrado en una silla de ruedas que lucha porque se haga justicia.

En septiembre hará cuatro años que, durante unas vacaciones en la ciudad brasileña de Fortaleza, del Estado de Ceará, la policía disparó al coche en el que iba con su mujer y una pareja de amigos residentes en el país, al confundirles con unos atracadores. Y no eran tales. «¡No disparen, somos turistas!», gritó su mujer, saliendo del coche brazos en alto en medio del tiroteo. Ya era demasiado tarde. Una de las 28 balas que atravesaron el vehículo había dejado paralítico al cántabro.

El error enseguida lo reconocieron, sí. Pero la Justicia brasileira lleva su propio ritmo, que es lento y desesperante. Los ocho policías imputados todavía no han sido juzgados y Marcelino aún no ha visto un duro. Sigue cumpliendo años, adaptando su vida y la de su familia, gastando su dinero, soñando con la vacuna mágica que le quite la paraplejia y esperando a que le indemnicen. «Si rompes algo, lo pagas», repite, es de cajón.

Y en ello está un equipo de abogados contratado en Brasil y uno que le representa desde España, el televisivo Javier Nart, que es abogado del sindicato de pilotos Sepla. Cada vez que Nart habla de Marcelino en televisión «algo se mueve allá». Se acabó guardar silencio. Ahora el piloto sale en todos los medios de comunicación que puede. A ver si alguien pilla la 'directa': «que las autoridades jamás me han ayudado, ni el Gobierno brasileño, ni el español, ni el cántabro ni el Defensor del Pueblo ni nadie. Ya no sólo económicamente, para pagar las facturas médicas y traer a mi familia a Brasil, que cuando estaba hospitalizado me decían 'para eso no hay partida', sino después para hacer la llamada a Exteriores, para acelerar el proceso, estar detrás de mí, como súbdito español que soy con un problema de este calibre en el extranjero».

No se recrea en su desgracia, «ya no me martillea».

Dice que hace tiempo que pasó página, que vive sin traumas lo que le ocurrió aquel septiembre de 2007. «Pero lo de después, no», deja claro. Y llegará a donde sea para conseguir la indemnización que le corresponde, según la entrevista publicada en "El diario montañés".


El precio de la movilidad

No entra en cifras, cómo ponerle precio. «Nunca, ni a una vida ni a un hecho como éste. Pero si las aseguradoras lo valoran como un fallecimiento, es porque los gastos que acarrea son enormes». Admite que su situación no es desesperada, pero gracias al apoyo de sus familiares, «si no, no me llegaría».

Él, que era piloto de Spanair en activo, a sus 41 años cobra una pensión de gran invalidez y su mujer trabaja, pero han de afrontar gastos importantes: su furgoneta adaptada ha costado 66.000 euros y ha perdido la cuenta de lo que gastó en adaptar su piso, «tirar la cocina y hacer un baño nuevo con ducha en el suelo, quitar el escalón de la terraza, poner puertas más anchas... No ha sido una obra menor». Y su silla de ruedas, como él puede mover los brazos, no le conceden una eléctrica. Tuvo que adaptarla de su bolsillo: 6.000 euros más.

En su caso se siguen dos procesos, uno por la vía penal y otro por la civil. Afirma que no tiene «especial interés» en que los policías que les dispararon vayan a la cárcel, «pero quiero que estén». Y sobre la indemnización, espera que el gobierno brasileño asuma su responsabilidad y que las partes «se sienten a negociar para llegar a un acuerdo», ya que sus abogados también piden que se le conceda una pensión preliminar hasta que haya sentencia para compensar los gastos que está teniendo. Todo, sin embargo, «está parado» desde hace cuatro años.

Esperando un milagro

Paguen lo que le paguen, «daría el doble de lo que tengo por estar como antes», dice. Pero es un hombre optimista que no ha tirado la toalla y piensa que, tal vez, más pronto que tarde exista algún tratamiento para él, y quiere poder pagarlo cuando el milagro llegue.

Ha tenido un hijo, que ahora tiene seis meses, y no renuncia a compartir con él todas esas cosas que antes le hacían feliz, «correr por la playa, enseñarle a conducir, a ir en moto, llevarlo a esquiar...». Se rompe cuando habla de su niño, también de su mujer, «ella es la gran heroína», dice, que ahora «tiene dos bebés, uno de cien kilos», y también cuando cuenta cómo le están apoyando sus padres y su hermana, y lo mal que lo han pasado todos.

Pero el tiempo de las lágrimas ha quedado atrás y ahora toca mirar al futuro, con esa «ilusión grandísima» que le ha supuesto la paternidad y otros proyectos que tiene con el Colegio de Pilotos, con el que colabora.

Y de todo saca lo bueno, como el «bombardeo de apoyo» que recibió en todo momento por parte de su empresa, Spanair, del sindicato de pilotos, de muchos colegas de otras compañías a los que ni siquiera conocía, del servicio de rehabilitación de Valdecilla, hasta del foro racinguista... «todo el mundo se volcó, sentí un espaldarazo de cariño brutal».